Los míos, Maternidad

Ser malos pobres

malos pobresEste post lo hice para mis amiguitos del Facebook, pero tomó tanta trascendencia que creo que amerita escribirlo aquí y que se comparta a la humanidad.

Hoy fui a ver a Feña a su trabajo que queda en Alonso de Córdoba.

Abrumada por lo siútico del sector, pensaba en la desigualdad en la que vivimos a diario en Chile.

Gente con camionetas 4×4 en plena ciudad, donde no se justifica tener un auto que es pensando para otras condiciones o usos o que tengas tres hijos o más, versus la persona en situación de calle -otra siutiquería- sin calcetines que vi al llegar a mi casa. Tampoco deje de pensar si tenía dónde sacar calcetines en la casa que le pudiesen servir -la verdad es que la ropa que di de baja la regalé hace un par de meses y no recuerdo si Feña tiene calcetines en buen estado que se puedan regalar-.

Pensaba en lo limpio del sector, en la cantidad de “seguridad ciudadana”, en las veredas impecables versus el barro que hoy tuve que pisar mientras llevaba, atrasada, a las niñas a casa de mi mamá.

Miré mis botas y me di cuenta lo carreteadas que están de tanto caminar. A pesar de que me gusta caminar mucho, porque disfruto el acto de observar los lugares por dónde me muevo, también tengo momentos en que también caigo en el pensamiento progre de pensar que con un auto “mi vida se solucionaría”. Que hipotéticamente “dejaría de correr”.

Pensaba también, mientras esperaba a Feña a la salida del Restaurant -donde el valor promedio del plato es de 15 lucas-, que heavy es la cantidad de mal llamadas “nanas” hay en el sector, como las personas pudientes las miran en menos PERO que confían en ellas el cuidado de sus hijos. Vi a varias yendo con los niños al supermercado como si fuesen los propios. A otras tantas caminando apuradas, con sus hijos al lado, a tomar la micro que quizás las lleva al otro lado de Santiago, donde las veredas no son tan limpias, donde hay barro en el parque, donde la “seguridad ciudadana” se limita a unas alarmas comunitarias y donde la vecina de la panadería te conoce hasta los estados de ánimo -la Paola es así, la dueña de la panadería donde vamos siempre a comprar. Ella les regala un pancito y un dulce a mis bestias chicas para que se vayan contentas a la casa o al jardín-.

Entramos al Jumbo de Lo Castillo porque esta damisela tenía UN HAMBRE que se los encargo, a comprar un pan tipo miga estilo Castaño/Daily Fresh, porque según yo era más “rápido”. Cuento corto y sumando y restando era ilógico gastar $1.700 pesos por un pan versus comprar un pan ciabatta -super progre- y tres láminas de queso y jamón y quedar no sólo satisfecha sino que llena.

En esa sola vuelta que nos dimos con Feña nos siguió en dos oportunidades el guardia. ¿Tendré cara de flaite? Dije para mis adentros. Mientras seguía caminando con mi mochila y mi parka rosada marca “cara” regalada por mi primo regalón.

Pedí tres laminas de queso y me cagué de la risa y el chico del mesón me miró y se cagó de la risa también.

En cambio no fue lo mismo cuando pasé al mesón del jamón. La señora me miró con cara de casi haciéndome un favor al atenderme. Y le dije a Feña: “puta que somos malos pobres”.

Cuando trabaje de garzona para pagarme la U, recuerdo haberme agarrado con un compañero de pega por lo mismo. Chupa calcetas el tipo con los que se “veían de plata” pero displicente con las personas que son nuestros vecinos, y que así como él o yo, iban a comer porque encontraban rico el restaurant.

Así me atendió la señora del mesón, la cajera y el guardia. A una señora “pituca” las atendieron como las reinas del universo y a mí, como la que viene a molestar.

Cuando hablo de malos pobres me refiero a que hay personas que no tenemos respeto a los de la “misma clase”, que atendemos de manera interesada a quien se supone que “tiene más” porque podemos sacar un provecho, normalmente económico, pero al vecino lo dejamos que se atienda solo, porque ese está igual que yo: contando las chauchas para llegar a fin de mes.

Antes de pasar por la caja saqué una S.Pellegrino de limón -pobre pero con gusto- y pagué.

Me senté a las afueras del Jumbo Lo Castillo, abrí mi pancito con las manos, le puse mis tres laminas de queso y mis tres laminas de jamón y me hice el tonto pan Ciabatta por $1.600.- aprovechamos de conversar con Feña y comernos entre los dos el pancito (que a esa altura del partido era DON PANCITO).

Y sigo pensando que seguiré tratando a toda la gente igual, solo por su condición de PERSONA. No por su clase social o lo que se supone que aparentan.

Sigo pensando que vivimos en un mundo desigual, pero eso no lo puedo solucionar sola, pero si puedo contribuir enseñándole a mis hijas a que todos somos iguales, da lo mismo como se movilicen o qué ropa usen lo seguiré haciendo.

Que nadie las mire en menos, pero que ellas tampoco miren en menos a otros porque hacen el aseo o recogen la basura. ¿Qué haríamos nosotros sin la persona del aseo de la oficina o el recolector de basura? ¿O la persona que corta el pasto de la municipalidad? Probablemente usted no se levantaría de su cama y llevaría SU basura al vertedero ni menos cortaría el pasto que corresponde a un bien común.

Pagar no nos hace mejores personas o no tener poder adquisitivo tampoco nos hace menos persona.

La persona que hace el aseo, recoge la basura o los recicladores de base son tan o más respetables que alguien que pasó 15 años estudiando un doctorado, solo por el hecho de ser personas.

Y yo seguiré comiéndome pancitos donde sea, en Vitacura o en Peñalolén.

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