Los míos, Maternidad

#Maternidad A mi me secuestraron

Vamos a partir por el comienzo: esta historia ES REAL, me pasó a mi, mi madre me corroboró mis recuerdos y lo cuento para crear un mínimo de consciencia de lo que compartimos en redes sociales.

secuestroMe atrevo a contar esta historia porque he leído cada aberración en redes sociales, gente psicoseada con “algo nuevo que está sucediendo”, muchas veces haciendo alarde de “yo lo escuché”, “la amiga de una amiga muy cercana le pasó” y las reales denuncias fueron dos.

El secuestro infantil NO es algo nuevo, NO es una moda, NO es agradable sufrirlo, NO es algo que se lo deseo a algún padre, pero yo, María de los Ángeles, fue víctima de un secuestro. Y no, no fue como en las películas, ni en las redes sociales, no fue necesario ninguno de los clichés que usted podría estar imaginándose al leer estas palabras.

Tenía 6 años aproximadamente, edad que ahora tendrá mi hija mayor, era el paseo de fin de año de kinder. La graduación de pre-básica ya había sido y todos los padres y apoderados se organizaron para realizar un asado en el Parque Intercomunal (actual Parque Padre Hurtado).

30 o más adultos responsables juntos, a cargo de sus hijos, la profesora, la técnico incluidas. Los niños jugábamos felices, había que despedirse del jardín que nos había dado muchas alegrías.

Yo, con un compañero, queríamos ir a ver un riachuelo que estaba cerca del lugar del asado de los papás. Ellos, con paz y tranquilidad, nos miraban. Si bien era un lugar peligroso, nosotros jugábamos tranquilamente a la vista de nuestros padres.

En un momento a otro, aparece un hombre, 40 años (cosas que de a poco tuve que ir reconstruyendo para poder sanar la herida que esto quedó en mi), en zunga. En mi niñez no vi nada malo, era una persona. Jamás he sido desconfiada hasta el día de hoy, menos ese día. El tipo tenía una soga atravesada en el cuerpo. Nosotros, con este compañero, queríamos pasar el riachuelo porque esa era nuestra meta. El tipo amablemente nos ofreció ayudarnos y también llevarnos a otro lugar a conocer.

Aceptamos. Usted puede estar pensando: ¡¿pero cómo no te diste cuenta?! y yo le respondo a usted: “tenía 6 años y estaba jugando con un compañero, ¿qué había de malo en eso?”, nada del otro mundo en especial considerando que había un ambiente bueno y muchos adultos responsables cerca. ¡¿pero cómo no había ningún adulto responsable?! Simplemente no fue suficiente.

Así nos fue conduciendo por el riachuelo y nosotros muy felices de haber cumplido nuestra meta. Y caminamos, no tengo idea cuanto, mi memoria de niñez, después de este episodio se borró. Y de ahí no recuerdo nada más, hasta que estoy en brazos de mi mamá diciéndole a ella que el tipo no había hecho nada malo, que no entendía porque lo tenían amarrado en el árbol. La gente diciendo mil quinientas cosas que no recuerdo, caras de preocupación y mi mamá me pasa mi muñeca para poder aferrarme a eso. De ahí no supe nada más del tipo, hasta años después que logré hablar del tema con mi mamá.

Los Carabineros se lo llevaron, lo acusaron de intento de secuestro, tenía problemas mentales y no era primera vez que hacía eso ahí. Su madre suplicó misericordia a mis padres en Tribunales y creo que solo pagó una multa y sería.

Claro, usted podrá decir: “pero eso no es un secuestro” y yo le responderé, si, lo fue y lo es. Ese tipo nos llevaba para un lugar donde no conocíamos, lejos de nuestros padres, a hacer algo que no teníamos idea que hacer. Y no fue culpa mía, ni de mis padres. Fue culpa de un tipo cagado del mate que no encontró nada mejor que aprovecharse de la inocencia de dos niños.

Tuve pesadillas hasta los 13 años intentando solucionar ese “problema”, porque siempre sentí que era mi culpa. Las personas que gritaban e increpaban a mis padres dejaron palabras grabadas en mi, que simplemente fueron incomprensibles en ese momento, pero que luego las entendí como que era mi “culpa” y mi “responsabilidad” no haber tenido consciencia del peligro -claro a los 6 años es “super” fácil tener consciencia, léase con tono irónico-.

Los secuestros NO son un chiste, NO son UNA MODA, como los portonazos o los robos a cajeros automáticos, es algo que ha ocurrido siempre, desgraciadamente, en la historia de la humanidad. Los secuestros, aunque sean dos minutos, nos dejan marcados. Ocurrió con Madelein McCann, ocurrió con los cambiazos de guaguas del cura Joannon -en el barrio alto- y yo podría haber sido una de esas fichas con una foto de “niña perdida”. Pero minutos me salvaron de no serlo.

Y comparto esta historia, no para que se haga viral y siga la psicosis, sino para que vean que esto va más allá de un par de historias en redes sociales, es algo que siempre ha ocurrido. Que mis padres vivieron en carne propia, que yo viví en carne propia. Que los métodos son más simples y muchísimo menos engorrosos que los que un par de post en Facebook muestran (que les cortan el pelo y los cambian de ropa).

Lo escribo también para que sepan que NO tengo miedo, que NO puedo vivir con miedo. Que a mis hijas las cuido por sobre todo, pero no pretendo sicosearme con historias inventadas o no (porque las denuncias reales son dos) por algo que la gente califica como moda.

No pretendo a mis hijas ponerles un GPS, ni tampoco marcas en los brazos, pero si quiero conocer a la gente que me rodea, a la señora de la panadería, saber el nombre de mis vecinos, tener sus teléfonos, saludar a la gente de la feria -algo que hago siempre-, les enseño día a día a mis hijas quienes son las personas de confianza, qué hacer en caso de que las tomen del brazo, le enseño a tener también confianza de su entorno y a que aprenda, de a poco, a evaluar riesgos como cruzar la calle sola, quiero tener una vida tranquila, porque yo si sé que es un secuestro y no la fantasía de las películas y series de televisión.

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