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Mantente Firme
Mantente Firme

He tenido semanas bastante fuertes emocionalmente hablando, han pasado cosas en el ámbito familiar y laboral que me han hecho pensar y repensar más de la cuenta. Si, más, porque mientras camino, me siento en el metro, estoy en un momento ocioso me dedico a pensar y a darme vueltas en las cosas que he hecho o no en mi vida, como las haría a futuro. Porque la verdad no me gusta sentirme que hago las cosas sin estar conectada entre lo cabeza, mi corazón y mi alma.

Pero mientras reflexiono de la vida, mientras tengo estos días duros, recuerdo una de las situaciones de mi vida que más me han hecho madurar.
La primera vez que mi padre cayó al hospital por su cirrosis hepática fue un quiebre familiar, en especial para mí. Ahí recién nos dimos cuenta de la gravedad de lo que mi papá tenía.
Sofía tenía más o menos 8 meses, recién había conocido a Feña, estaba en tratamiento por mi depresión post parto, etc.
Pasaron los días, la situación de mi padre había mejorado, algo que en verdad no pensábamos que iba a suceder, y fue trasladado a otro recinto hospitalario ya que su complejidad había bajado.
Yo no podía ir a verlo porque no tenía con quién dejar a Sofía quien solo tomaba pecho en ese entonces, además de que era peligroso ir a meterme a una UCI sin saber con lo que me iba a encontrar (todos hubiesen tomado la misma opción, que fue avalada por mi madre).
Mientras mis familiares ayudaban a mi viejo, quien no podía comer solo, yo me quedaba en casa con Sofía y recibía la visita de Feña (a quien recién había conocido) porque me acompañó en ese duro momento. Me comunicaba con mi madre, mis hermanos, nunca dejé de estar atenta.
Pero un día recibo un llamado de mi abuela (materna, quiero aclarar este punto) preguntándome que qué estaba haciendo, que por qué no había ido a ver a mi padre, y amablemente le digo que le estaba dando comida a mi hija y que la verdad se estaba poniendo a llorar y tenía que colgarle. Que por favor me dejara tranquila porque estaba ocupada.
En eso, llama mi tía (materna, a quién en ese entonces respetaba muchísimo y la quería bastante, no tanto porque siempre me comparó con primos y familiares y yo no era lo suficientemente de su agrado, tampoco la crianza que mi madre me había dado) a increparme, le insisto, bastante cordialmente que me deje tranquila porque Sofía se estaba poniendo a llorar y quería su comida y luego le iba a dar pecho.
Le colgué.
De repente siento la puerta de mi casa (ellas viven en el pasaje del frente de casa de mi madre), tenía llave y no encontró nada mejor que ir a putearme (sí, así como lo lee) en mi propia casa (en ese entonces), que por qué no iba a atender a mi padre, que estaba complicado, que por qué no me comportaba como “buena hija”, etc.
Mi papá antes de todo ese incidente, de su problema, había encargado un andador para Sofía (algo que le insistí mucho que no comprara por no me gustaba, los encontraba peligrosos, que los niños no lo necesitan, etc, y bueno, lo que ustedes ya saben que lo mejor es el piso, pero bueno, lo compró y él se sentía feliz y realizado de regalarle a su nieta esas cosas) a un tío que trabajaba vendiendo esos productos (tío hermano de mi madre, hermano de esta “tía”), y él lo dejaría en casa de mi abuela, ya que por esas casualidades de la vida mi tío no se sabía nuestra dirección para el envío.
Mi abuela y mi tía, en venganza del “descuido” que yo le había hecho a mi padre tenían “retenido” el andador. En fin.
Antes de esta compleja situación, meses antes, mi madre me explicó varias cosas de la realidad familiar, que muchas de las cosas que mi tía cuenta sobre su propia vida no son así, que ella no es quién para decir como una debe ser en la vida, porque básicamente ella tiene tejado de vidrio.
Y en ese momento, en el que fui atacada en mi propia casa, todas las cosas que me contó mi madre me hicieron sentido, y tuve que ocuparlas para defenderme. Así como ella me trato por lo bajo de puta, si, con Sofía en brazos (porque ella llegó cuando yo estaba dando de mandar a mi hija), yo tuve que defenderme y decirle, no sólo que se fuese de mi casa, sino también tuve que responder sus insultos con verdades de su propia historia (esta señora es de esas típicas viejas de barrio, que se admiran, que te dicen que ellas siempre fueron puras y castas, pero en realidad es la fachada que ponen, que nadie se las cree, pero como dirían por ahí “se jura”). 
Mi madre trabajando, la llamo, angustiada, de lo que hice, de decirle cosas, había intentado llamar a Carabineros pero la señora me cortaba el teléfono, hasta que al fin cedió y se fue. Obvio, ella a la familia le contó otra historia, una distinta a la mía. Típico de las viejas mariconas. Ahí descubrí que ser familiar no es lo mismo que ser familia. Y me entristecí tremendamente, porque esa tía era quién me ayudó muchas veces, era a quién yo acudía cuando no estaba mi mamá, a quién le pedía ayuda para hacer trajes, tejidos, QUIÉN ME ENSEÑÓ A TEJER, o sea a pesar de todas sus cosas, buena para el cahuín como ninguna, era alguien importante en mi vida.
Mi familia directa, madre, incluso mi padre después de salir del hospital, mis hermanos, hasta varios vecinos que se enteraron del hecho (fue raro, porque cuando salí a la calle después de ese incidente, me buscaban casi para felicitarme de haberle parado el carro a mi tía, increíble), me apoyaron en lo que hice. Hasta el día de hoy no le hablo a esta señora, quien sigue pendiente de lo que hago o no en mi vida, mi mamá dejó de hablarle casi durante 1 años y medio (desgraciadamente mi abuela estaba muy enferma y no podía alejarse, ya que la señora vive en casa de mi abuela).
Cuando me di cuenta de lo heavy que había sido esta situación, de que me quedaba sin ese apoyo, me dio mucha pena, pero dije filo, será la vida no más. Un día necesitaba hacer un traje para Sofía ya que tenía una presentación en el jardín, y necesitaba de unas manos que me pudieran ayudar a cocer y me acordé de otra tía, que no es familiar mío, pero que ha sido parte de mi vida desde que tengo uso de razón, que tiene un humor bastante diferente, pero que siempre tiene manos para ayudar.
Ahí me dije a mi misma y le agradecí a Díos (soy católica) y pensé que cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. Y hasta el día de hoy (ya han pasado 4 años de esta situación) que me di cuenta que muchas veces nos encontramos en situaciones muy tristes, terribles, que muchas veces perdemos gente a quién queremos, pero aún así la vida nos pone otras personas en el camino, nos abre otras oportunidades, nos da la capacidad de poder salir adelante. Siempre hay alguien o algo que no esperábamos, y por una o dos malas hay 20 buenas.
Falleció mi papá, viví cosas malas, me di cuenta de muchas cosas más, pero a pesar de todo eso, tuve una estrella que me ha acompañado durante mi vida.
Si estás pasando por un momento complejo, simplemente agárrate y no caigas en el hoyo. Hay salida.

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